
Crónica de un violento escape al sur de Lima.
Escribe : Daniel Arias C.
A las 4 de la tarde, el cemento de la vereda reflejaba el intenso calor que hacia, que demonios, era viernes y la exacta llamada del Chato, un discreto cruce de información, de pronto al cabo de 20 minutos se aparece por la cuadra 1 de la av. Iquitos.
Entramos en una cantinita de jirón Canta para ser exactos en la cuadra 2, el calor y la presión del día habían sido tales, que las cervezas entraron una tras otra en intensos intervalos, comenzaba a fluir el alcohol en las venas; se aparece el tío Marco Antonio con su camisa azul abierta, el es de la viky, ahí creció. ¡¡¡ Arma un troncho¡¡ me dice el negro y comienza su emocionante y tierna oda a la amistad, se nota que está algo cansado, nosotros lo respetamos mucho, es por eso que nos quiere tanto, y en la Victoria a nosotros no nos pasa nada, él se va a su casa en un taxi, los motros están a punto de salir una vez más, un ligero paseo por polvos azules para comprar unas cositas…las luces comienzan a afectarme de buena manera, el día no es más calor, no es más una carga.
Tomamos un taxi, y sigo proyectándome por la vía expresa, nos vamos al castillo de greyscoll (el departamento del chato), ahí recuerdo haber seguido tomando unas cervezas más, siguiente destino,(*) la última calle del mundo , punta Hermosa.
Durante todo el verano pasado, no pisé la playa de noche, mi época salvaje había; al menos eso creía yo, prescrito por razones de edad, salud, tiempo y trabajo, mientras que mi amigo se había juergueado encima de la ultima piedra de la playa durante toda la temporada, el teléfono suena y es el loco, está muy lejos en Chaclacayo, y yo a punto de zambullirme en una juerga, que más tenía perfil de misión kamikaze, prometo ir, y de nuevo retumba “electropical”, me estoy escapando más y más, llega Álvaro, veinte minutos después llega Panchito el taxista de confianza y nos montamos en su carro, ya son las once, hora de partir.
La Avenida Huaylas, se enciende pendencieramente ante mis ojos, veo carteles de pollo a la brasa, arroz chaufa de neón , tragamonedas y más fantasía, unas combis más locas que otras, aún hay gente, es Viernes Panchito tiene un CD grabado por el chato, el volumen esta a todo lo que da, la calle se va poniendo más violenta, queremos acción, estamos escuchando AC/DC y eso no es muy saludable que digamos, la mezcla tiende a encenderse, honestamente había mucho por hacer y muchos kilómetros por delante.
Las chiquillas corren como locas, es la última fiesta de la playa, hay un concierto de “la mente”, la gente aguarda ansiosa, las flacas nos miran y no precisamente por “papacitos” sino que cualquiera se asombra al ver a tres animales entrar al tropel a la discoteca en mención y empujarse una botella de cerveza cada uno y sin vaso , cualquier mirada de mala onda, es rápidamente apagada por un “apágate chibolo de mierda, o te volteo las muelas de una cachetada” al menos esa era la expresión que teníamos.
No logro distinguir bien debido a mi avanzado estado de embriaguez, pero alguien me toma por el cuello, para felicidad mía , era un amigo mío, algo menor de mi barrio en Chaclacayo, se emociona, yo sigo saltando en medio de la gente las flaquitas locas y casi calatas se mueven cadenciosamente tratando de llamar a los de su especie, pero los astutos jovenzuelos están más empecinados en fumarse un troncho, que sucumbir ante tan alucinante vaivén de carne, definitivamente mi locura no llega a procesar esa información, y me lanzo de nuevo a ver que pasa, la madrugada avanza, y la noche se va haciendo más salvaje, ya no caigo en la estupidez de embriagar a una extraña, para que después se la lleve un pastrulito en mototaxi, ¡¡
Son las 4 am, mi sentido de supervivencia está marcando rojo, el chato no quiere irse, me dice que se va a quedar aquí y que por favor no lo jodan, me parece justo chochera, aún tengo ganas de tomarme una cerveza más, quiero quedarme a ver como matamos al dragón a cachetadas, para que se lleve su verano 2010, y cuando regrese , lo haga más achorado que nunca, prometo regresar el próximo verano, recargado pero sin tantas preocupaciones, la hora avanza, y tengo que regresar a Lima, el Sábado tengo que trabajar como cualquier mortal, espero que este dragón haya muerto en paz, fui solo para ver su desaparición de 9 meses, ya regresará, acá lo esperamos con las palmas abiertas, para volverlo a agarrar a cachetadas.
Un taxi para y nos mira, le dicen a Álvaro: “Colorao a Lima” y me dice,” arregla tu brother, no tengo fuerzas para nada, sólo para descender mi cabeza en el aeropuerto más cercano”.
El viaje de regreso revela un cielo morado con tendencia a aclarar, es casi de mañana, aún estoy muy lejos de mi casa, el Chato se quedó obviamente, pero ya no me preocupa que lo haga, me preocupan que lo jodan, y termine metiendo a un chiquillo por el parabrisas de su camioneta.
Todos los “mostros” repliéguense a sus madrigueras la noche acabó, no es hora para demonios y menos de boleto.
(*)La última calle del mundo, idea original de Carlos Miranda Llerena (el Chato)